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Guía de viaje

Costa Blanca: mar, pueblos y vida mediterránea

Una tierra bañada por el Mediterráneo donde las playas de arena fina conviven con pueblos de interior, huertas centenarias y un ritmo de vida que invita a quedarse.

Qué es la Costa Blanca

La Costa Blanca es el nombre turístico de la franja costera de la provincia de Alicante, en el sureste de España. Se extiende desde Dénia, al norte, hasta Pilar de la Horadada, al sur, abarcando más de doscientos kilómetros de litoral mediterráneo bañado por aguas templadas la mayor parte del año.

Su nombre evoca el blanco de sus casas encaladas, la luz intensa que baña sus pueblos y el aspecto de sus playas. Pero la Costa Blanca es mucho más que sol y arena: es un territorio con un paisaje diverso, una despensa gastronómica excepcional y un patrimonio cultural que abarca desde los íberos hasta el modernismo valenciano.

Cada zona tiene su personalidad. El norte sorprende con calas recortadas y montañas que caen al mar. El centro combina grandes arenales con vida urbana. El sur ofrece dunas, salinas y un horizonte más abierto. Y a pocos kilómetros del mar, el interior despliega valles, almendros y pueblos donde el tiempo parece haberse detenido.

Costa Blanca Norte: de Dénia a Altea

El extremo norte de la Costa Blanca es, probablemente, su tramo más espectacular. Aquí la montaña se asoma al mar formando acantilados, calas de roca y miradores que cortan la respiración. Dénia, dominada por su castillo, es la puerta de entrada y un destino gastronómico de primer orden —declarada Ciudad Creativa de la Gastronomía por la UNESCO—. Su puerto es el punto de partida hacia las Islas Baleares y su casco antiguo conserva el sabor de las ciudades marineras.

Muy cerca, Jávea se despliega entre el macizo del Montgó y una costa de calas de agua turquesa como la Granadella o el Portitxol. Su casco histórico, de calles de piedra y fachadas encaladas, mantiene un pulso tranquilo que contrasta con la vitalidad de su puerto pesquero y la amplitud de la playa del Arenal.

Entre los cabos de la Nao y de San Antonio, pequeños núcleos como Benitachell, Moraira o Calpe completan este tramo. Moraira conserva el aire de un antiguo pueblo de pescadores, con un puerto pequeño y playas familiares. Calpe es imposible de imaginar sin la silueta del Peñón de Ifach, un peñasco de roca caliza de 332 metros que se adentra en el mar y que es parque natural y uno de los símbolos de la Costa Blanca. Altea cierra este arco norte con su casco antiguo de calles empedradas y blancas, coronado por la cúpula azul de su iglesia, y un ambiente tranquilo que atrae a artistas y artesanos.

Costa Blanca Centro: Benidorm, Alicante y la comarca

Benidorm es probablemente la ciudad más reconocible de la Costa Blanca. Su perfil de rascacielos frente a dos grandes playas —Levante y Poniente— la convierte en un fenómeno urbanístico único en Europa. Más allá del tópico, Benidorm ofrece una infraestructura turística y de servicios impecable, parques temáticos, una vida nocturna vibrante y un microclima especialmente benigno que atrae visitantes durante todo el año.

Muy próxima, Villajoyosa despliega sus casas de colores frente al mar —una tradición que viene de los pescadores, que pintaban sus fachadas con los mismos tonos que sus barcas para identificarlas desde lejos—. Sus playas son amplias y su casco antiguo, pequeño pero lleno de carácter, merece un paseo tranquilo. Es, además, la cuna del chocolate artesano en España: aún hoy funcionan fábricas que mantienen la tradición centenaria.

Alicante, la capital de la provincia, combina playa urbana, historia y un ritmo de ciudad mediterránea que engancha. Su Explanada, con el característico mosaico de colores, es uno de los paseos marítimos más emblemáticos del Mediterráneo. El castillo de Santa Bárbara, encaramado sobre el monte Benacantil, domina la ciudad y regala unas vistas panorámicas de la bahía. El barrio de Santa Cruz, a sus pies, es un laberinto de callejuelas blancas, macetas floridas y pequeñas plazas que invitan a perderse. Al sur de la ciudad, Santa Pola ofrece playas de arena fina y unas salinas que son parque natural y hogar de flamencos durante buena parte del año.

Costa Blanca Sur: Guardamar, Torrevieja y las lagunas

El tramo sur de la Costa Blanca cambia el paisaje. Las montañas se retiran hacia el interior y el litoral se abre en largas playas de arena dorada y dunas que recuerdan que esta tierra fue durante siglos frontera entre el mar y los arenales. Guardamar del Segura es el mejor ejemplo: su pinada, plantada a principios del siglo XX para frenar el avance de las dunas, es hoy un bosque litoral que sombrea algunas de las playas más extensas y vírgenes de la provincia.

Torrevieja es la ciudad más grande del sur, conocida por sus dos lagunas saladas —una de ellas, la Laguna Rosa, ofrece un espectáculo de color que cambia con la luz del día—. La ciudad vive volcada al mar, con un paseo marítimo animado, un puerto deportivo y un calendario de fiestas que se extiende durante todo el año. A pocos kilómetros, Orihuela Costa ofrece urbanizaciones junto a calas como Cabo Roig o Punta Prima.

Playas, calas y paisaje

La Costa Blanca debe su nombre, en buena parte, a sus playas. Son más de doscientas, repartidas en algo más de doscientos kilómetros de costa, y ofrecen una diversidad difícil de encontrar en un mismo territorio. Playas urbanas como la del Postiguet en Alicante o Levante en Benidorm, con todos los servicios a pie de arena. Calas escondidas como la Granadella en Jávea, rodeada de pinos, o el Racó del Conill en Villajoyosa, accesible solo a pie. Dunas vírgenes como las de Guardamar. Pequeñas playas de roca y aguas transparentes en Altea y Moraira.

Muchas de ellas cuentan con bandera azul y servicios de calidad: accesos adaptados, chiringuitos, alquiler de hamacas y deportes náuticos. Pero también es posible encontrar, incluso en pleno agosto, un rincón tranquilo donde el único sonido sea el del agua.

El paisaje no se acaba en la playa. El interior esconde joyas como el valle de Guadalest —un embalse de aguas turquesas coronado por un castillo del siglo XI—, las sierras de Aitana y Mariola, las palmeras de Elche —Patrimonio de la Humanidad— o las salinas de Santa Pola y Torrevieja, donde los flamencos encuentran refugio.

Pueblos, cultura y patrimonio

Más allá de las ciudades y las playas, la Costa Blanca es un mosaico de pueblos que conservan la esencia mediterránea. Altea, con sus calles blancas, sus talleres de artesanos y su iglesia de cúpula azul, es probablemente el más fotografiado. Pero hay muchos otros que merecen una visita: Guadalest, encaramado en la roca; Villajoyosa y sus fachadas de colores; el casco antiguo de Jávea; las calles medievales de Dénia.

El interior depara sorpresas como Elche, con su Palmeral —el mayor de Europa— y el Misteri d'Elx, un drama sacro-lírico que es Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Novelda, con su santuario modernista de Santa María Magdalena. Bocairent, en la sierra Mariola, con sus cuevas excavadas en la roca. La cultura ibérica dejó aquí una de sus obras maestras: la Dama de Elche, cuyo busto original se conserva en el Museo Arqueológico Nacional, pero cuyo legado impregna toda la provincia.

El calendario festivo es intenso: las Hogueras de San Juan en Alicante, los Moros y Cristianos en medio centenar de municipios, la Semana Santa Marinera... Casi cada semana del año hay un pueblo que celebra algo, y el visitante es siempre bienvenido.

Gastronomía mediterránea

La cocina de la Costa Blanca es un reflejo de su geografía: productos del mar, de la huerta y de la montaña se combinan en recetas que han pasado de generación en generación. El arroz es protagonista indiscutible: la paella, el arroz a banda, el arroz negro, el arroz con costra o el arroz caldoso con bogavante son algunos de los platos que definen la mesa alicantina.

Del mar llegan la gamba roja de Dénia, el pulpo seco, los calamares, la sepia, las sardinas asadas en la playa. De la huerta, los tomates, las alcachofas, las habas, los pimientos. Del interior, los embutidos, los quesos, la miel. Y envolviéndolo todo, el aceite de oliva virgen extra, que aquí se produce en cantidades modestas pero con una calidad excepcional.

La repostería tiene nombre propio: los turrones y helados de Jijona y Alicante, los rollitos de aguardiente, las toñas, los pasteles de boniato. Y para beber, los vinos de la Denominación de Origen Alicante —especialmente los tintos de la zona de la Marina y los fondillones, vinos rancios únicos en el mundo—, la horchata de chufa o el clásico café-licor.

Cuándo viajar

La Costa Blanca disfruta de un clima mediterráneo con más de trescientos días de sol al año y temperaturas suaves en invierno, lo que la convierte en un destino que funciona los doce meses. Sin embargo, cada estación tiene su carácter y conviene elegir según lo que se busque.

El verano, de junio a septiembre, es la temporada alta. Días largos, agua templada, todas las terrazas abiertas y un ambiente vibrante. Las temperaturas superan habitualmente los treinta grados, pero la brisa marina suaviza las horas centrales del día. Es la mejor época para quienes buscan playa, vida nocturna y energía.

La primavera y el otoño son, para muchos, los momentos ideales. Las temperaturas son suaves —entre dieciocho y veinticinco grados—, la luz es especialmente hermosa y los espacios naturales están en su mejor momento. Hay menos gente y los precios de los alojamientos suelen ser más contenidos. Es la época perfecta para recorrer senderos, visitar pueblos y comer en terrazas sin aglomeraciones.

El invierno es sorprendentemente templado. Las máximas rondan los dieciséis o dieciocho grados y los días de sol son frecuentes, aunque las noches refrescan. Muchos viajeros del norte de Europa eligen la Costa Blanca para pasar los meses de invierno, y la oferta de ocio, cultura y gastronomía sigue activa durante todo el año.

Cómo desplazarse

El aeropuerto de Alicante-Elche (ALC) es la principal puerta de entrada. Está situado a solo nueve kilómetros al suroeste de la ciudad de Alicante y ofrece conexiones directas con prácticamente todas las capitales europeas, especialmente durante la temporada alta. El aeropuerto de Valencia (VLC), a unos cien kilómetros al norte de Dénia, es una alternativa válida para la zona norte de la Costa Blanca.

Para moverse por la Costa Blanca, el coche de alquiler es la opción más práctica si se quiere explorar calas, pueblos de interior y diferentes zonas. La autopista AP-7 recorre toda la costa de norte a sur y está bien comunicada con todas las poblaciones principales. Existe también una alternativa gratuita, la N-332, que sigue el mismo trazado aunque con más tráfico y travesías urbanas.

El tren de cercanías conecta Alicante con Murcia hacia el sur y con Dénia hacia el norte —esta última línea, conocida como el TRAM, es un tren-tranvía que recorre buena parte del litoral norte con paradas en El Campello, Villajoyosa, Benidorm, Altea y Calpe, entre otras—. Es una alternativa cómoda y económica para trayectos costeros, aunque no llega a todos los municipios.

El transporte público por carretera, con autobuses interurbanos, conecta la mayoría de poblaciones, aunque las frecuencias pueden ser limitadas en los municipios más pequeños.

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